Existía una vez un pueblo donde todo era perfecto. El sol salía todas las mañanas cuando aquellos que adoraban el sol, salían a la ventana. Cuando los melancólicos se asomaban por sus paseos tardíos llovía con aquella agua casi transparente. Y era siempre de noche mientras estaban despiertos los noctámbulos.
¿Como se podían dar las tres situaciones a la vez? Ni existía respuesta. Pero cada uno de sus habitantes sabía que era así.
Era un mundo ideal donde el dinero no existía o existía a millones, donde todos median y pesaban lo que deseban, y la fealdad y la belleza no existía como tal. En ese mundo mandaban todos, o existía un solo líder. No había guerra de intereses. Puesto que todo estaba cubierto. El que quería morir lo hacía, y sin embargo vivía.
Los deseos se cumplían y así desaparecían. Las molestias se perdían en los senderos. No había entendimiento, ni policía ni jueces… No tenían porque haberlos. Nadie quería proteger a nadie, pues no había causa aparente.
Esta historia no tiene lógica, afirmarán algunos.
Pues existe de verdad, hay un lugar en el mundo, donde la lógica tampoco tiene porque existir.